El 60% de las empresas mexicanas de videojuegos se financia con recursos propios y ninguna reporta financiamiento bancario o público. El capital del sector es el ahorro de quien lo hace.
México tiene 24 universidades con programas de videojuegos, más de 30 carreras y un único dato público de cuántos estudiantes se gradúan. La afirmación más repetida del sector no tiene fuente.
Trabajar en remoto para una empresa extranjera paga 26,000 dólares al año en México y 53,000 en Brasil. Y no existe una sola medición de cuántos desarrolladores mexicanos se van.
Guadalajara, Monterrey, Chihuahua y Ciudad de México concentran la actividad documentada, y todos nacieron por iniciativa privada o académica. Ningún estado publica cifras de su sector.
El descubrimiento de videojuegos en México depende de tres rutas: el algoritmo de la tienda, la confianza de los creadores y el criterio de los medios. Ninguna está en manos de la industria mexicana.
Desde el precio regional hasta el día después del lanzamiento, el recorrido de un juego extranjero en México tiene seis etapas y siete decisiones que casi todos los publishers toman mal.
No existe una sola cifra pública de cuánto cobra una agencia, un creador o una campaña digital en México. Y sin esos datos, cada estudio mexicano presupuesta su promoción a ciegas.
El precio de un juego mexicano se decide con una tabla de conversión regional, no con datos de poder adquisitivo. Y no existe un solo estudio de elasticidad de precio para el mercado mexicano.
El español parece un solo mercado y no lo es: un juego en español compite con toda la región hispanohablante. El portugués, en cambio, es un mercado cerrado. La decisión depende del juego.
El ecosistema de consola concentró 33,644 millones de pesos en 2025: el 79.4% del valor del mercado mexicano. La industria nacional, que vive en PC y móvil, casi no tiene acceso a ese dinero.
Xbox tiene el 48.5% de la preferencia de consola en México, una anomalía global. Pero la consola más vendida de 2025 fue Switch 2: el dominio está en jaque.
Con el 60% de las empresas financiadas con recursos propios y 0% con banca o gobierno, la pregunta del costo real de un estudio mexicano tiene una respuesta incómoda: la paga quien lo hace.
El mercado mexicano vale 2,300 millones de dólares al año y tiene 76 millones de jugadores. La pregunta importante no es cuánto gastamos, sino cuánto de ese dinero vuelve al país.